lunes, 7 de marzo de 2016

Suburbios del terror, volumen 1 (fragmento)

Cuando era niña solía pasar mucho tiempo sola en casa. Nadie quería cuidarme por ser tan curiosa; mi madre por otro lado estaba largas horas en las interminables filas de los hospitales pues mi hermana sufría de ataques que la dejaban de un momento a otro sin respiración, y tenía que correr con ella no importando la hora. Entonces yo comenzaba a llorar y me abalanzaba a sus pies sollozando que no me dejara sola; qué podemos hacer, respondía con tristeza mi madre, nada, sé fuerte y espera mi llegada.

Fue ahí cuando empezó todo, cuando los descubrí; y empecé a ver más allá de lo que los otros ven. Recuerdo una  tarde en mi más profunda soledad. Jugaba con mis muñecas cuando escuché unos pasos que recorrían la casa; eran pasos pequeños y veloces. Creí que había llegado mi mamá, y pregunté; nadie respondió. Volví a sentir los mismos pasos corriendo alrededor mío, pero no podía ver a nadie. No entendía hasta ese minuto qué pasaba; sentí que un miedo terrible se apoderaba de mí y no tenía dónde ni cómo arrancar; estaba encerrada con llave, me empecé a desesperar y a gritar; sentía muchísimo frío en mi espalda y una terrible sensación al no poder ver a nadie. Me precipité al suelo y me puse a llorar desconsoladamente mirando de un lado a otro, mientras gritaba por ayuda.

De pronto, vi el viejo mueble y sus dos amplias puertas en donde guardaban la comida; corrí lo más rápido que pude y me escondí adentro para refugiarme; cerré las puertas y comencé a rezar, entonces comenzaron a golpearlo por fuera, las puertas se hundían y podía ver que del otro lado estaban haciendo presión.

Todo se salió de control, yo transpiraba y ya estaba a punto del desahucio, cuando sentí la puerta del mueble que se abría; tenía mis manos tapando mi rostro y ahí sentí una mano sacudiéndome; miré y vi que era mi madre; me abalancé sobre ella para contarle lo sucedido, pero ella respondió que estaba muy cansada como para escuchar ese tipo de güeas, entonces me fui a mi cama y me dormí. Cuando desperté, mi madre otra vez se estaba yendo al hospital con mi hermana a cuestas. Yo le supliqué que no me dejara ahí, que algo estaba mal, exceso de imaginación dijo ella, ¡déjame, estoy atrasada!

Sentí cerrar la puerta y de inmediato corrí a esconderme al mueble. Estuve muchas horas adentro y nada pasó, entonces salí, recorrí la casa y pensé que nada estaba pasando; volví a jugar, estaba tranquila, ya lo había olvidado.

Estaba concentrada en lavar y cepillar a mi muñeca, cuando volvió a pasar alguien; corrió a mi alrededor y me golpeó el hombro; lancé la muñeca al suelo y di vueltas sobre mi eje, nada, nadie, grité tan fuerte como pude -¿Quién es? ¿Por qué me molestas? ¡Déjame sola! ¡Ándate!

Entonces vi una sombra pasar por el rabillo de mi ojo y sentí una brisa que la acompañaba, -que pasa, que pasa- preguntaba, -que quieres?- Nada respondió, sólo estar junto a ti; su voz era muy delgada, apenas perceptible; -tengo miedo- le dije, no sé de dónde vienes, ¿me harás daño? ¡No!, me respondió; sólo quiero ser tu amiga; todo quedó en silencio y sentí la llave en la puerta: era mi madre.

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